No me refiero a la asignatura, ni a la prolongación de la garganta, ni al idioma que hablamos... Sino a esa capacidad que tenemos de dejar mal a los demás cuando hablamos sobre ellos. Cuando trabajaba de abogado, antes de ser sacerdote, hace ya unos cuantos años, tenía en el despacho unas secretarias a las que cariñosamente llamaba
lenguas bífidas. En cuanto se ponían a hablar eran un peligro, porque no dejaban títere con cabeza. Se dieron cuenta y, al menos delante de mi dejaron de hacerlo. No tengamos la lengua tan larga y apliquémonos aquello del punto más corto de
Camino: "Si no puedes alabar, cállate". El título de la película es bastante significativo:
Mucho ruido y pocas nueces.
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